Una brisa cálida de primavera regía el ambiente llenándolo de un olor a flores silvestres y hierba de rocío fresco. Un prado se veía a la larga de todo lo que pudieses ver, bañado por la luz ambarina de un alba que protagonizaba el Sol por encima de un fantasma de Luna. El cielo, de tonalidades azules y rosas, engullía las últimas estrellas con glotonería. Las nubes parecían memorias desaparecidas de un último esfuerzo por mostrarse sólidas ante un público que aguardaba su función como un último deseo.
Era una madrugada de marzo, cuando Kodaigo se dirigió a aquél prado en medio de ningún lugar. Era un páramo sin desolar recubierto de hierba, con algunas piedras cuya corteza daba cobijo a musgo, haciéndolas difíciles de reconocer entre la espesura, de buenas a primeras. Una corona de árboles rodeaba el prado, aislado de cualquier civilización, árboles altos, de raíces salidas y anchas ramas que cubrían el cielo del bosque, pero no el de este prado, radiante de vida, con flores de colores alegres teñidas de un color dorado.
El muchacho abrió unos ojos del color de la miel más clara y pura, con un destello dorado, quién sabe si por el reflejo de la luz de la mañana en sus ojos. Unos mechones muy bien cuidados del color del ónice le caían por su frente, y en algo de cascada hasta su cuello por detrás, dejando ver una frondosa melena oscura, muy oscura. Tan oscura que contrastaba con la fina piel de talco del muchacho... blanca como la nieve que se aposentaba en las montañas y suave como los pétalos de una rosa cuyas espinas se han quedado en el tallo. Vestía ropa roja, propia de un noble, con botones acorde a su rango: no le gustaba usar la esparta túnica de aprendiz, tan basta y... agobiante... los ropajes de noble, frescos y suaves, con altos cuellos, mangas anchas cubriendo las manos por completos y faldones con detalles dorados, que aunque parece que entorpezcan el movimiento, no lo hacen en absoluto.
Estaba quieto, más por deseo que por necesidad. Su pelo era revuelto por el aire y sus ropajes se bamboleaban al ritmo de un extravagante vals. Tenía los pies como raíces, firmemente en el suelo, desnudos, sintiendo los latidos de una fuerza primordial debajo de su existencia. Sus botas aguardaban su turno sobre el musgo anteriormente esmentado. Movió su pie un poco, creando un pequeño surco en la tierra, como un arado minúsculo ante un yermo a plantar: sintió el frío sustento de la naturaleza y el aliento de una tierra fresca, que le hizo recordar cuanto disfrutaba la vida que alguien había encendido en su interior. Inspiraba y expiraba sonoramente, con parsimonia, manteniendo el aire durante un tiempo en sus pulmones y exteriorizándolo por la boca.
Sentía el aire frío y húmedo de la mañana entrar por su nariz, refrescándole todo su ser de preocupaciones, blanqueándole la mente y haciéndole descansar su mente, supeditada siempre a las preocupaciones de la vida mundana. Una vez dentro de sus pulmones, absorbía mentalmente toda la energía de vida que habitaba en esa bocanada y la asimilaba a su ser de manera espontánea. Acto seguido dejaba ir el aire caliente por su boca, conduciéndolo en sentido inverso hasta la boca, por donde expiraba: pequeños círculos de vaho blanco se formaban en un hálito extenso, que se dejaba ver gracias al contraste de temperaturas entre el lugar y su interior.
Podía pasarse horas en esa posición, sin hacer nada más, repasando las bases una y otra vez, asimilándolas a su ser para que, algún día, quizá las dominase lo suficiente para hacerlas de manera espontánea en cualquier lugar conocido por él. Simplemente, despertaba de una realidad para encontrarse con un mundo distinto, apacible y intangible. Rudezas del destino, no quería que lo viese todavía, pues le decía que ya llegaría el momento. Kodaigo cerró los ojos, mientras sentía en cada parte de su ser una paz que desearía que fuese eterna.